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viernes, 11 de marzo de 2011

The Cajal fountain in the Retiro Park (Madrid, Spain)



The Cajal fountain in the Retiro Park (Image: AFM, 2006).



This is the Cajal fountain in the Retiro Park, funded by public subscription on the occasion of Cajal’s retirement as professor, at the age of 70. Reclining on a couch, resting on a pedestal in the middle of the pool lies the scholar, the torso naked, as superior as an Assyrian bull.  He is protected by Minerva, goddess of wisdom and a thousand crafts, no longer with weapons or aegis, her fasces and a crown in one hand. And enclosing the back, two walls with allegorical reliefs, Fons Vitae and Fons Mortis, each with its water spout.

The monument, the work of Victorio Macho, was inaugurated in 1926, although Cajal’s head and one of the reliefs had been displayed the previous year in the Salón de Artistas Ibéricos. The exhibition manifesto, signed not only by Macho but also by Lorca, Falla, Vàzquez Dìaz and thirteen others, proclaimed the culture of sensitivity and the spirit. This group of ibericos renewed Spanish art in the 1920’s and was the germ of the avant-garde in our country. Victorio Macho, the silvan, as he was dubbed in the Escuela de San Fernando, was for decades the main figure of the veta brava of Spanish sculpture.

The Cajal fountain, one of the first mature works in the production of Victorio Macho, lies between the modernist avant-garde and the art déco, with gentle curves, symmetries and motifs of the ancient Mediterranean world, and a clear demonstration of the nationalism that inspired this sculptor, with typically Spanish epic tones, with a certain religious feeling. Thus, the bas-relief of Fons Mortis in the Cajal fountain is no more than a Hispanic pieta; Margarita Nelken likened it to the Virgen de las Angustias, who gazes face to face at death, accompanied by the image of the sage, immobile, serene, and silent.

Water is an essential allegorical element in this Cajal monument. The waters from it two fountains maintain a continuous dialogue as they gush forth, extolling with their murmur the figure and work of the scientific hero. Fons Vitae speaks to us here about the knowledge that is born of science and the fruits it gives to persevering effort; and Fons Mortis about the far reaching nature of scientific work and the immortality with which science rewards its heroes, who on their death remain eternally ageless.


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sábado, 19 de febrero de 2011

La fuente de Cajal en el Retiro


Fuente de Cajal del Parque del Retiro (Foto: AFM, 2007).


Esta es la fuente de Cajal en el Retiro, patrocinada por suscripción popular con motivo de su jubilación como catedrático, cuando cumplió los setenta años. Recostado en un lecho, sobre un pedestal en medio del estanque, yace el sabio con el torso desnudo, tan excelente como un toro asirio. Lo protege Minerva, diosa de la sabiduría y de las mil obras, sin armas ya ni égida, junto a su fasces, con una corona en la mano. Y cerrando el fondo, sendos muros con relieves alegóricos,  Fons Vitae y Fons Mortis, cada cual con su caño.

El monumento es obra de Victorio Macho y fue inaugurado en 1926, aunque uno de los relieves y la cabeza de Cajal fueron presentados el año anterior en el Salón de Artistas Ibéricos, cuyo manifiesto firmó con Lorca, Falla, Vázquez Díaz y trece más, proclamando el cultivo de la sensibilidad y del espíritu. Este grupo de ibéricos renovó el arte español en los años 20,  siendo el germen de la avant-garde en nuestro país. Victorio Macho, el selvático, según lo apodaron en la Escuela de San Fernando, fue durante décadas el paladín de la veta brava de la escultura española.

La fuente de Cajal es una de las primeras obras maduras en la producción de Victorio Macho, entre el vanguardismo modernista y el art-déco, con suaves curvas, simetrías y motivos del mundo mediterráneo antiguo; y una clara muestra del nacionalismo que fundó este escultor, de tonos épicos a la española, con cierto sentimiento religioso. Así, el bajorrelieve de Fons Mortis, en la fuente de Cajal, no es más que una Pietá hispana, ya lo dijo Margarita Nelken, como esa Virgen de las Angustias que contempla la muerte cara a cara, acompañada por la imagen del sabio, inmóvil y sereno, en silencio.

El agua es un elemento alegórico esencial en este monumento de Cajal. Las aguas de su doble fuente mantienen un continuo diálogo según brotan, ensalzando con su rumor la figura y la obra del héroe científico. Fons Vitae nos habla aquí del conocimiento que nace de la ciencia y de los frutos que ésta da con el esfuerzo perseverante; y Fons Mortis de la  trascendencia del trabajo científico y de la inmortalidad con que la ciencia premia a sus héroes, que al morir permanecen en eterna juventud.

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domingo, 6 de febrero de 2011

Cajal y su cigarral de Amaniel

(Ponencia presentada por Antonio R. Fdez.de Molina en el Ateneo de Madrid el 25 de octubre de 2006, en el ciclo Cien Años del Nobel a Santiago Ramón y Cajal).


Uno de los últimos deseos de Cajal al final de su vida, fue pasar unos días en su muy querida casita de Cuatro Caminos. Pero no lo pudo hacer, pues cuando ya estaba todo preparado, su salud empeoró y falleció enseguida. A esta casita de Cajal iremos ahora para recordarle, recreando junto a ustedes su pasión por la naturaleza.

 

La gran aportación que hizo Cajal a la ciencia fue sin duda su idea de neurona, que es aún la esencia del concepto moderno de neurona. Cajal dio luz así a los tiempos oscuros en que se encontraban la anatomía y la fisiología del sistema nervioso en su época, e hizo posible que ambas pudieran avanzar desde entonces hasta hoy, guiadas por un claro y sencillo paradigma conceptual básico: el modelo de neurona que él había concebido. Modelo genial que Cajal creó porque supo ver bien la neurona, al elegir las técnicas y los métodos de trabajo oportunos, para evitar la espesura del bosque que no dejaba verla, de ese bosque que no deja ver el árbol, y mirar la neurona entonces una vez liberada del denso entramado que la ocultaba en los bosques de neuronas que hay en los tejidos nerviosos.

 

Esta capacidad de Cajal para la observación, así como su habilidad técnica, debieron de guardar estrecha relación con su pasión por el arte y por la naturaleza, y todas ellas a su vez, propiciar su vocación y éxito científicos. Ya el propio Cajal dijo una vez que a la ciencia no van más que los artistas, como nos recordó su nieta María de los Ángeles en otra celebración de su abuelo. El arte de Cajal fue el arte de imitar e interpretar la naturaleza, bien mediante la fotografía, que dominaba, o ya con la pintura y sobre todo con sus dibujos, siempre al natural, y de lo que nos ha dejado muy amplio y rico legado.

 

El amor que Cajal siente por la naturaleza, según nos confiesa en su libro Recuerdos de mi vida, se muestra ya desde su primera infancia. Contemplar la naturaleza era para Cajal una de las tendencias más destacadas de su carácter, de su espíritu. A ese Cajal niño le fascinaban los esplendores del sol, observar la magia de los crepúsculos, los cambios de la vida vegetal, la fiesta de la primavera, los misterios de los insectos, de las montañas. Siempre que podía, cuando sus estudios lo dejaban, andaba correteando por los alrededores del pueblo, explorando el terreno y disfrutando de la naturaleza. Fue entonces, nos cuenta Cajal, cuando también surgió su pasión por los animales, en especial por los pájaros.


De esta manera, a lo largo de su infancia, se van desarrollando las dotes de observador y las habilidades de Cajal. Valga de ejemplo, entre otros mucho que nos cuenta Cajal en sus Recuerdos, el ingenioso cuaderno con estampas, que redactó a los doce o trece años para sus amigos, con reglas prácticas para esquivar metódicamente las pedradas en sus frecuentes dreas con otros muchachos. Este cuaderno, perdido por desgracia, fue titulado por Cajal Estrategia Lapidaria, que quizá escribiera porque entre tanta pedrada, según nos dice, a veces le pasaba que habiendo recibido alguna en la cabeza antes de entrar a la escuela, luego al salir no se podía poner su gorra al haberle crecido entre tanto algún chichón.

Debo también señalar la feliz coincidencia de esta Estrategia Lapidaria de Cajal con el Lapidario de Alfonso X, cuya efigie, por cierto, preside con las de Cervantes y Velázquez la entrada de este Ateneo. El Lapidario alfonsí es la primera muestra del interés que el entonces heredero de Castilla, y luego Rey Sabio, sintió siempre por la naturaleza y por la ciencia. El lenguaje de este Lapidario es de una gran belleza, como nos muestra la edición de Sagrario Rodríguez. Así, por ejemplo, cuando al comparar la apariencia de los minerales con fenómenos de la naturaleza, dice que a uno de los vitriolos lo llaman estrelleño porque brilla como las estrellas. Tomo ahora esta palabra, pues no solo la propia neurona es estrelleña, con el chisporroteo de sus potenciales eléctricos, sino también estrelleña el agua que baña la serena Estatua de la Sabiduría, en el centro de la Fuente de Cajal en el Parque del Retiro. En la inauguración de este monumento, que se levantó por iniciativa de sus compañeros al jubilarse en la Universidad, Francisco Tello, su más íntimo colaborador, leyó unas palabras de cortesía de su maestro, entre las que dijo Cajal: “Madrid tierra de amigos”. De esta manera expresaba su gratitud al pueblo madrileño, siempre afable y abierto a todos.


Fuente de Cajal en el Paseo de Venezuela del Parque del Retiro (Foto AFM, 2007).


Cajal pasó la mitad de su vida en Madrid, donde se estableció con 42 años al ganar su cátedra de San Carlos en 1892. Aunque venía de Barcelona, donde en muy pocos años había llevado a cabo la mayor parte de los trabajos que le permitieron establecer su idea de neurona, fue sin embargo en Madrid donde la consolidó; en Madrid donde realizó su monumental estudio sistemático de la anatomía fina del sistema nervioso; en Madrid donde hizo escuela, publicó sus principales libros y desarrolló su política científica; Madrid, en fin, el escenario de su triunfo y donde fue mostrado al mundo. Aquí en Madrid, Cajal desarrolló una actividad muy intensa, no sólo por su considerable labor científica y académica, sino por los múltiples compromisos de muy variado carácter que tuvo que atender, en España y en el extranjero. Fue así que al poco de llegar a Madrid Cajal quiso de nuevo disfrutar de la naturaleza como había hecho siempre, y empezó a dar paseos por los alrededores de la ciudad. Estos paseos y sus tertulias de café fueron sus distracciones favoritas en Madrid. Según nos cuenta él mismo, a Cajal le gustaban  mucho los alrededores de Madrid. El Retiro, la Moncloa, la Casa de Campo, Amaniel, la Dehesa de la Villa y el Pardo, son de lo más pintoresco que poseemos en España, nos dice Cajal.

En estos paseos por las afueras de Madrid, debió Cajal empezar a ilusionarse con tener una pequeña casa en algún lugar apartado con vistas a la sierra. Y la ocasión se le presentó al volver del viaje que hizo a los Estados Unidos, en el verano de 1899, invitado por la Universidad Clark de Massachussets, cuando ya era una autoridad destacada en el mundo de la ciencia. Este largo e incómodo viaje, que hizo con su mujer y que resultó muy caluroso, junto al apretado programa durante su estancia, quebraron su ya frágil salud,  convaleciente como estaba de las incómodas secuelas que le había dejado la manigua cubana, cuando sirvió allí como médico militar; además, en este viaje a América debió tener muchas ocasiones para poner bien a prueba sus delicados nervios y su profundo patriotismo, aun caliente el Desastre Colonial. Cómo no sería este viaje para Cajal, que al poco de regresar, durante el otoño y el invierno de aquel año, su corazón se resintió, y Cajal se quedó asténico y con el ánimo abatido. Al encontrarse de esta manera, le entraron muchas ganas de irse al campo y hacerse de una vez su casita en las afueras de Madrid. Una casa donde pudiera ver la sierra de Guadarrama desde sus ventanas y mirar a sus anchas el cielo y las estrellas por la noche y recuperarse con calma, tranquilamente, con la ayuda de la naturaleza.

De los sitios que había conocido en los alrededores, supo elegir con acierto uno de los cerros junto al puente de Amaniel, en un apacible lugar abierto a la sierra y a la Moncloa, que era casi todo campo, con algunas casas y huertas aisladas, aún sin urbanizar y cerca de las entonces barriadas obreras de Bellasvistas y Cuatro Caminos. Aquí y con todos sus ahorros compró una pequeña huerta y mandó hacerse su modesta casa. La fachada con vistas a la sierra, a la que luego sería la Calle Almansa, tenía dos plantas y sótano, y era la entrada principal; y en la fachada a mediodía el sótano hacía de planta baja, pues la parcela estaba en declive. En este lado, que lindaba con el canalillo, se hizo escalonado la mayor parte del jardín, así como un emparrado y un pequeño invernadero. El canalillo era como llamaban a la acequia que se había hecho para aprovechar el agua sobrante del Canal de Isabel II; canalillo que pasaba junto a la casa de Cajal, serpenteando las lomas de Amaniel y de la Dehesa de la Villa, para regar las huertas del lugar y parte de la rica arboleda que pocos años antes se había plantado por allí.

Toda esta zona, estaba entonces en el extrarradio y algo retirada, pues el ensanche de Madrid que ya avanzaba en otras partes, apenas había empezado por el norte de la ciudad, pues lo impedían, entre otras barreras, varios cementerios. Pero con todo, los domingos y días de fiesta, y cuando el tiempo acompañaba, venía mucha gente de Madrid a disfrutar en la Dehesa y en los populares merenderos de Amaniel, y en el canalillo y la arbolada, y de las huertas y las bellas vistas. Y en este ambiente campestre y tranquilo disfrutaba Cajal, combinando, como él nos dice, su ansiada ración de infinito con la bulliciosa alegría festiva del gentío. Aquí en esta casita, a la que también llamaba su cigarral de Amaniel, se instaló Cajal con su familia para recibir el siglo XX. En ella vivió entonces dos años, durante los que no dejó sus clases de San Carlos, a donde iba en esa época en coche de caballos -en un simón.

En su cigarral de Amaniel y en plena naturaleza, pronto comenzó Cajal a entonarse, respirando el aire tan sano del lugar y los aromas silvestres, de manera que su salud mejoró notablemente. Una vez restablecido y durante el resto de su vida, Cajal siempre que pudo se retiraba a su casita de Cuatro Caminos para disfrutar de la naturaleza, pasear por el campo, y dedicarse a las diversas aficiones que tenía, como observar el firmamento por la noche con su telescopio, hacer fotografías, o cuidar el jardín y la huerta. Cultivando judías, por ejemplo, de lo que nos da consejos, como sembrarlas cada 12 ó 15 días, para tener siempre tiernas; hacerlo cuando pasan los fríos, después de marzo; desmenuzar la tierra una vez nacida la planta; calzar sus pies con tutores, etc.

Otra de las aficiones a las que se dedicó Cajal en su cigarral fue a investigar sobre la psicología de las hormigas. Su interés por la psicología ya se manifestó cuando estuvo en Valencia, con sus conocidas experiencias de hipnotismo; y lo que hoy llamamos los procesos mentales fueron una de las principales guías del trabajo científico de Cajal durante toda su vida. Su interés por los insectos, las moscas, las hormigas, etc., le llevó a realizar numerosos estudios histológicos, entre los que destacan sus ya clásicos trabajos sobre el ojo y la retina de estos animales que hizo al final de su vida.

La afición de Cajal por la psicología de las hormigas pudo estar influida por su estrecha relación con Forel, que era una de las mayores autoridades en ese campo, y con quien había tenido ocasión de intimar en sus largas conversaciones durante la travesía en barco que hicieron juntos a América, invitados por la Universidad Clark. En su cigarral de Amaniel, dedicó Cajal muchos ratos a la observación de la conducta de las diversas variedades de hormigas que había por allí, llevando a cabo varios experimentos con el ánimo de precisar la relevancia de sus diferentes órganos sensoriales. Ocupado en estas labores mirmecológicas, pudieron verle con deleite sus familiares, ya pintando de colores a las hormigas con un pincelito para distinguirlas, o tapándoles los ojos para ver cómo se las apañaban, o poniéndoles palitos o rejillas en su camino, o siguiéndolas a oscuras o con ésta o aquella luz, en fin, modificando las condiciones experimentales para valorar los distintos efectos de tales cambios ambientales y perceptivos en las hormigas. Debió disfrutar mucho allí Cajal.

Permítanme ahora un breve comentario sobre cómo se le pudo ocurrir a Cajal llamar cigarral a su casita. La única referencia que nos deja Cajal en sus escritos sobre los cigarrales, aparte del suyo, es para sorprenderse de cómo Bartolomé Gallardo fue capaz de escribir en pleno invierno en el cigarral de la Alberquilla; ni los prelados toledanos lo harían, asegura Cajal, que sólo debieron ir en primavera y otoño. Por lo demás, ni nos habla de los Cigarrales de Toledo de Tirso de Molina; ni consta que tuviera particular relación con Benito Pérez Galdós, gran amante también de Toledo y de sus cigarrales, con quien pudo acaso coincidir en algún paseo por la Moncloa o en el Cerro Pimiento; ni cuando Cajal escribió sus Recuerdos, que es donde habla de su cigarral, Marañón, uno de sus alumnos, no había comprado aún el suyo, el cigarral de Menores.

Y aunque los cigarrales, ya se sabe, son propios de Toledo, no es Cajal el único que se hizo un cigarral en otro lado. En cualquier caso, recordemos por Cajal, que Madrid es hija de Toledo, y si no podemos disfrutar en Madrid de su bella vista, que es el alma del cigarral, que mira a Toledo, como dice Marañón en su Elogio y Nostalgia, desde aquí miramos a Toledo con el corazón. Cabe pues en Madrid el cigarral de Cajal.

Al poco de acabar la guerra civil, Cajal ya había muerto antes, en 1934, su hijo menor Luis y su familia fueron a ver cómo había quedado la casita del abuelo en Cuatro Caminos. Se lo encontraron todo asolado: la casa, el jardín, el invernadero; hierros retorcidos, cristales rotos, muros reventados, paredes ahumadas. Y lloraron juntos de pena, recordando los muy buenos ratos que habían pasado allí en familia. Lo que quedó de la casa tuvo que ser vendido en esos años difíciles y ahora el lugar es un pujante barrio residencial, junto a la Universidad Complutense.

Y antes de acabar, permítanme expresar mi gratitud a todos los que me han ayudado con esta  ponencia: a Angelines Ramón y Cajal, por facilitarme valiosos datos inéditos de su abuelo y por autorizarme las citas; a Adolfo Ferrero, secretario de la Coordinadora (de asociaciones de vecinos) Salvemos la Dehesa, por su aliento y por conseguir localizar la ubicación exacta del Cigarral de Cajal en el Registro de la Propiedad, gracias a lo cual sabemos ahora que esta casa estuvo en el actual número 73 de la Calle Almansa, haciendo esquina con la Avenida de Pablo Iglesias; a María Ángeles Langa, bibliotecaria del Instituto Cajal del CSIC por su estímulo y por su ayuda; y por último a Santiago Arenas, un viejo vecino de Cajal en la calle Almansa, que aunque no llegó a conocerlo sí recordaba una foto suya que vio en su escuela de Cuatro Caminos, cuando era niño, en la que Don Santiago había escrito una máxima, de la que sólo recordaba el final, pero que siempre fue, me aseguraba emocionado, toda la ciencia que él supo, y es que en España igual que los ríos se pierden en el mar, los talentos se pierden en la ignorancia.

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Antonio R. Fernández de Molina, Cajal y su cigarral de Amaniel. En: Antonio R. Fernández de Molina (coord.), Ponencias de médicos del Hospital Universitario Ramón y Cajal en el Ateneo de Madrid en homenaje a Cajal. Madrid: Fundación para la Investigación Biomédica del Hospital Universitario Ramón y Cajal; 2008. Pág. 51.






sábado, 5 de febrero de 2011

Sixto Obrador y la Junta para Ampliación de Estudios, desde el Hospital Universitario Ramón y Cajal



Estatua de Cajal junto a la entrada de Urgencias en el Hospital Universitario Ramón y Cajal.




En la entrada de Urgencias hay plantado un olivo de anchas hojas junto a la estatua de Cajal. Y no ha crecido ahí por simple azar, pues el olivo es el árbol de la sabiduría y al consagrarlo a Cajal encontró un lugar adecuado. Siempre verde por naturaleza, tiene el olivo una peculiaridad que resulta muy apropiada para las vicisitudes humanas, como las que conducen al hospital, y es que el olivo en verano muestra lo blanquecino de sus hojas, mientras que en invierno cambia la parte más blanquecina, augurando así que va a mutar las tinieblas de los peligros en claridad, la oscura ignorancia en conocimiento, la enfermedad en salud.

Ahí donde está ahora la Urgencia, en el jardín que allí había antes, fueron aventadas las cenizas de Obrador, junto a la estatua de Cajal, según su voluntad. A él fue a quien se le ocurrió poner el nombre de Ramón y Cajal a nuestro hospital, ya que no sólo conoció a Cajal, al que veneraba, sino que estudió y trabajó con varios de sus discípulos. Obrador fue a su vez uno de los últimos becarios de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), que presidió Cajal desde su creación (1, 2).

Con motivo de la celebración del XXX Aniversario de la fundación del Hospital Universitario Ramón y Cajal (HURYC) en el año 2007, se presentan aquí las ponencias dictadas en el Ateneo de Madrid en honor a Cajal por médicos de este hospital: “Influencia de la labor pedagógica y cultural de Cajal en Iberoamérica”, por Washington Buño Buceta, en la mesa redonda “Cajal: el hombre”, en 1984, y “Cajal y su cigarral de Amaniel”, por el autor de estas líneas, en los “Cien años del Nobel de Santiago Ramón y Cajal”, en 2006.

Cajal fue socio de mérito del Ateneo de Madrid, donde impartió varios cursos sobre el sistema nervioso a finales del siglo XIX (3). Desde su fundación en aquel siglo, esta Docta Casa destacó por favorecer el ambiente necesario para recuperar en nuestro país el aprecio por la ciencia en el desarrollo de una sociedad moderna (4). En ese entorno fue creada en 1876 la Institución Libre de Enseñanza, cuyos miembros fueron los promotores de la JAE, fundada en 1907 y al amparo de la cual se produjo en España una considerable elevación del nivel científico durante el primer tercio del siglo XX, la Edad de Plata de la cultura y de la ciencia españolas (5). Después, será el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) el que herede y continúe hasta hoy la obra de la Junta (6). Para celebrar el  I Centenario de la fundación de la JAE el gobierno de la nación  declaró el 2007 como Año de la Ciencia en España (2).

En la feliz coincidencia del I Centenario de la JAE y el XXX Aniversario del HURYC, Obrador es un vínculo excepcional entre aquellos años argénteos de la ciencia española, Cajal, la JAE y nuestro hospital, por lo que aquí recordaremos los momentos de mayor interés en su formación  médica durante esa época. Sixto Obrador Alcalde fue uno de los más activos promotores del HURYC y un elemento clave en su concepción como centro asistencial, docente y de investigación científica (7). Esta idea de  centro hospitalario la conoció Obrador durante sus años de especialización médica, gracias sobre todo al productivo ambiente científico que favoreció la JAE y a sus becas para el extranjero, que le permitieron tratar con la elite de la ciencia de su época y trabajar en varias universidades y hospitales europeos y americanos.

El mismo año que Obrador empezó a estudiar medicina en Madrid (1927), Carlos Jiménez Díaz ganó su Cátedra de San Carlos con a penas 28 años. Tres cursos después, en las Clínicas Médicas, fue alumno interno suyo y comenzó a forjarse entre ambos una sólida y duradera relación. Los consejos de Jiménez Díaz le ayudaron mucho a orientar y consolidar su especialización y a desarrollar más tarde su carrera profesional (8). Ya en esos años, Jiménez Díaz  venía pensando en formar un centro médico donde la asistencia, la enseñanza y la investigación fueran un todo fuertemente unido, lo que acabaría llevando a cabo años después con su Instituto de Investigaciones Clínicas y Médicas, luego Fundación Jiménez Díaz, en el que Obrador sería jefe quirúrgico de la Estación Neurológica (9). Jiménez Díaz fue becario de la JAE, como también lo fueron varios de sus primeros colaboradores: Pedro de la Barreda y Espinosa, Francisco Grande Covián, Manuel Morales Pleguezuelo, Juan Felipe Morán Miranda y Severo Ochoa de Albornoz (1).

Obrador había sido un estudiante mediocre en la carrera, pero después desarrolló una intensa actividad académica y científica al comprender que necesitaba enriquecer su currículum y ampliar sus estudios. En el primer año tras la licenciatura hizo por su cuenta sendas visitas de dos meses a la Clínica Neurológica de la Universidad de Viena y a la Wenzel-Hancke-Krankenhaus de Breslau. Aquí conoció a Otfrid Foerster, quien había obtenido notables resultados neuroquirúrgicos en el tratamiento de las epilepsias por heridas de guerra. Para localizar el foco epiléptico durante sus intervenciones, Foerster usaba estímulos eléctricos de la superficie del cerebro y, como primicia médica, el registro gráfico directo de la actividad eléctrica de la corteza cerebral y de los eventuales fenómenos epilépticos. En el examen histopatológico de las muestras que se obtenían en estas intervenciones se utilizaban algunas técnicas de la escuela de Cajal, cuyo empleo en Breslau había facilitado Wilder G. Penfield, cirujano canadiense que colaboró con Foerster en los años veinte, tras haberlas practicado antes con Río Hortega en Madrid, en los laboratorios de la Residencia de Estudiantes. (8, 10)

A su regreso a España, Obrador, que era montañés y cuyos padres vivían en Santander, asiste al Servicio de Neurología y Psiquiatría de la Casa de Salud Valdecilla, inaugurada en 1932. Aquí colabora con José M. Aldama, el jefe de esta unidad y que había sido becario de la JAE (1), al que ayuda en las tareas clínicas y neuroquirúrgicas. En Valdecilla hizo Obrador su primer trabajo de investigación, en el quirófano experimental, sobre las convulsiones  epilépticas provocadas con extractos de cerebro en diversos animales. En esta Casa de Salud conoció a Pío del Río Hortega, que dirigía el Laboratorio de Anatomía Patológica y Cancerología, al que iba periódicamente. (8)

Al año siguiente Obrador vuelve a Madrid, donde hace los cursos del doctorado y asiste a los laboratorios de Río Hortega y de Gonzalo Rodríguez Lafora, dos de las principales figuras de la escuela de Cajal y antiguos becarios de la JAE (1). Con Río Hortega practica las técnicas de histología e histopatología del sistema nervioso y estudia su valiosa serie de tumores cerebrales, tanto en el Laboratorio de Histología Normal y Patológica de la Residencia de Estudiantes, en la Colina de los Chopos, como en el Instituto Nacional del Cáncer, entonces en el Parque del Oeste. Laboratorio e Instituto que dirigía Río Hortega, quien le sugirió, como nos recuerda Obrador, que podría dedicarse a la neurocirugía, pues la creía necesaria en nuestro país, en el que aun no existía como especialidad. (8)

Pero en esos días Obrador estaba más interesado en familiarizarse con las técnicas y equipos de fisiología y seguir investigando en epilepsia, por lo que se puso en contacto con Rodríguez Lafora, que dirigía el Laboratorio de Fisiología Cerebral en el nuevo edificio del Instituto Cajal, en el cerro de San Blas, junto al Observatorio Astronómico. En éste laboratorio trabajó con Miguel  Prados Such, uno de los primeros colaboradores de Lafora y que también había sido becario de la JAE (1). Con él llevó a cabo investigaciones en animales sobre las influencias endocrinas en la actividad epiléptica cerebral. (8, 11)

Fue en esta época cuando conoció a Cajal, en la biblioteca de su propio Instituto. Obrador tenia ganas de conocerlo, según nos confiesa, y le rogó a Kety,  Enriqueta Lewy, secretaria del gran maestro, que se lo presentara. Cajal se interesó por lo que estaba haciendo allí aquel joven, y éste le pidió una separata de su último trabajo, ¿Neuronismo o Reticularismo?, que Cajal le dio y le dedicó, y que Obrador conservaría como una joya (12).

Fruto de la labor que realizó en los dos primeros años después de acabar su carrera, 1932-1934, Obrador publicó seis trabajos, la mayor parte de ellos de carácter experimental en relación con la epilepsia y obtuvo, además, el premio anual de la Real Academia Nacional de Medicina con el ensayo “La patogenia de la epilepsia”, que conllevó el nombramiento de Académico Corresponsal, con todo lo cual solicitó una pensión a la JAE para ir a estudiar neurofisiología a Inglaterra (8). Según su correspondencia con José Castillejo, secretario de la JAE, Obrador había decidido  orientar su actividad en dicha dirección siguiendo los consejos de Jiménez Díaz, Lafora y Prados, dado el interés que mostró por la investigación neurológica y la casi nula presencia de neurofisiología en España (1). En junio de 1934 la JAE le concedió una  pensión para ampliar estudios en Inglaterra durante nueve meses, que le fue prorrogada por tres más en el verano de 1935 con la mediación de Lafora ante Ignacio Bolíbar, el nuevo presidente de la JAE después de Cajal (1, 8).

Es muy probable que Obrador estuviera  entonces al corriente, cuando solicitó dicha pensión, del proyecto de crear dentro del mismo Instituto Cajal un centro de investigaciones neurológicas que coordinara los estudios médicos y los básicos, y que contaría con una clínica de neurología con capacidad para 30 pacientes, un quirófano neuroquirúrgico y laboratorios de neurofisiología, fisiología cerebral y farmacología, según habían propuesto Cajal, Tello y Lafora a la JAE en 1932 (11, 13). Todo lo cual ofrecía a Obrador un estimulante panorama de futuro trabajo, más aún teniendo en cuenta el destacado protagonismo de Lafora en ese proyecto y su gran prestigio personal, así como las magnificas relaciones que estableció Obrador con él y con Prados desde que se conocieron (1, 8).

Obrador llegó a Inglaterra en octubre de 1934 y permaneció allí un año y cuatro meses. En los primeros cinco meses trabajó con Charles Scherrington, en el Laboratorio de Fisiología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Oxford, bajo la supervisión de John Eccles, donde hizo  un estudio neurofisiológico del sistema nervioso simpático lumbar en gatos, que al año siguiente envió como tesis doctoral a la Universidad de Madrid para su calificación (1, 8). Scherrington había recibido el premio Nobel de Medicina dos años antes, en 1932, junto a Edgar Adrian, como Eccles lo recibiría en 1963, con Alan L. Hodgkin y Andrew F. Huxley, todos ellos por sus descubrimientos sobre la fisiología de la neurona. Sherrington había sido en su juventud el mentor y anfitrión de Cajal en Londres, al que alojó en su casa cuando fue allí en 1894 a dar su Croonian Lecture y recibir el muy preciado FRS –Fellow of the Royal Academy of Sciences (14); no diría luego Cajal nada esencialmente nuevo sobre su concepto de neurona  más de lo que dijo en aquella trascendental conferencia.

Durante su estancia en el Reino Unido, Obrador asistió además a diversas clínicas: al Hospital Nacional de Enfermedades Mentales en Londres, Queen Square, donde colaboró con D. Denny Brown y Carmichel en estudios neurofisiológicos sobre la transmisión del dolor en humanos;  al Hospital  Maudsley, también en la capital inglesa, aprendiendo técnicas de análisis del metabolismo cerebral; al Servicio de Neurocirugía de Norman Dott en Edimburgo, en Escocia,  uno de los pionero en la cirugía de los aneurismas intracraneales y en el uso diagnóstico de la angiografía cerebral, introducida poco antes por Egas Moniz; y al Instituto Nuffield, en Oxford, con Hugh Cairns. Este y Dott eran discípulos destacados de Harvey W. Cushing, gran cirujano norteamericano y fundador de la neurocirugía moderna. (1, 8)

En junio de 1935 se celebró en Londres el II Congreso Internacional de Neurología, en el que Obrador presentó una comunicación sobre el sistema simpático en colaboración con Odóriz –un médico argentino, compañero suyo en Oxford. Además, Obrador participó muy activamente en la sección de epilepsia de este congreso, discutiendo sus conclusiones sobre los experimentos de epilepsia que había realizado con Prados Such en el Instituto Cajal. Durante el congreso, Obrador coincidió con Lafora y Prados, que también participaban, quienes le hablaron de la posible ayuda de la Fundación Rockefeller para establecer en el Instituto Cajal el proyectado centro de investigaciones neurológicas clínicas y experimentales antes referido y en el que, según cuenta Obrador que le insinuaron, hubiera podido incluso llegar a trabajar con ellos, por lo que le recomendaron  ampliar su viaje de estudios a EEUU. Obrador era entonces, en opinión de Castillejo, uno de los jóvenes en quien Lafora tenía cifradas mayores esperanzas. (1, 8)

Tras obtener con este fin una prórroga de nueve meses para su pensión de la JAE,  Obrador embarcó rumbo a América en febrero de 1936, no sin antes casarse en Oxford, en Saint  Aloysius, con Margaret Blanchard Kennedy, que le acompañó. Durante su estancia en EEUU, trabajó primero en neurofisiología con John Fulton, en el Laboratorio de Primates de la Facultad de Medicina de la Universidad de Yale, en New Haven, Conética, donde estudió los cambios posturales y la espasticidad muscular producidos en monos mediante lesiones de diferentes zonas de la corteza cerebral. En julio marchó a Boston, Massachusetts, asistiendo a la Clínica Lahey, con Gilbert Horrax, en Harvard, del que estudia sus técnicas neuroquirúrgicas. Después se fue a Canadá, al Instituto Neurológico de Montreal, especializado en epilepsia y en su tratamiento neuroquirúrgico, bajo la dirección de W.G. Penfield,  en el Royal  Victoria Hospital de la Universidad  McGill. (1, 8)

El 14 de septiembre de 1936, casi dos meses después de comenzar la guerra civil española y en su octavo mes de estancia en América, Obrador escribe desde Montreal al secretario de la JAE: “en estos días doy por terminada la prórroga de mi pensión y marcho por tanto a Europa, ya que no creo pueda recibir el pago de los meses atrasados de mi pensión” (1). Aunque hasta diciembre de 1936 el Ministerio de Instrucción Pública  no declaró canceladas las pensiones concedidas por la JAE antes del 18 de julio de 1936, las actividades de la Junta terminaron de hecho con el estallido de la guerra (15).

Obrador regresa a Inglaterra a principios de 1937, tras prolongar su estancia en Canadá, dado su interés en conocer la organización del Instituto Neurológico de Montreal, y visitar luego varias unidades neuroquirúrgicas en EEUU, la de Charles Frazier en Filadelfia y la de Charles Elsberg en Nueva York, destacadas en neurocirugía espinal. De vuelta al Reino Unido, obtiene una modesta beca local para colaborar en el Servicio de Neurocirugía de Norman Dott en Edimburgo, con quien ya había trabajado en su estancia previa becado por la JAE, ampliando su experiencia con la angiografía cerebral y con los aneurismas intracraneales. Pocos meses después, Obrador se lleva a sus padres a Inglaterra, hasta que el rumbo de los acontecimientos bélicos en España les permitió regresar a Santander, lo que hicieron en agosto de 1937. Pero Sixto Obrador, que se encontraba en edad militar y cuya quinta había sido movilizada, amplió aun su estancia en Escocia durante varios meses, dedicado a la neurocirugía experimental en el Departamento de Neurocirugía de Kinnier Wilson en Aberdeen, hasta que decidió incorporarse a filas y volver a España a principios de 1938. (8)


Gracias a su condición de médico, a sus conocimientos neuroquirúrgicos y a la mediación de su padre con Antonio Vallejo Nájera, entonces Coronel de Sanidad Militar, fue destinado al Servicio de Cirugía del Hospital Militar de Burgos, como colaborador de Rafael Vara López, donde adquirió gran experiencia con la patología neuroquirúrgica de guerra, como los traumatismos craneales, las heridas penetrantes por bala o metralla y los hematomas subdurales. A finales de 1938 fue destinado a uno de los hospitales militares de Santander, en el que  prosiguió su labor neuroquirúrgica hasta que acabó la guerra civil española. (8)

Con el fin de la contienda y como becario de la JAE por la Universidad de Madrid, Obrador se vio involucrado en el proceso de depuración por responsabilidades políticas que llevó a cabo el nuevo gobierno de la nación (16), y decide volver a Inglaterra, con la ayuda de sus padres y de sus suegros, para consolidar su formación (8) y acaso esperar el momento idóneo para el regreso a su país.

De nuevo en el  Reino Unido desde agosto de 1939, Obrador colabora como research fellow con Hugh Cairns en el Instituto Nuffield, en Oxford, desde donde hace frecuentes visitas a Kinnier Wilson en Escocia. Con ellos, a quienes ya conocía de anteriores estancias, perfecciona su técnica neuroquirúrgica, tanto asistiendo a la clínica y a las intervenciones, como practicando con animales en el quirófano experimental. En el Instituto Nuffield coincidió con Río Hortega, que dirigía allí el Laboratorio de Neurohistología desde poco después de comenzar su exilio. En este año 1939, Río Hortega fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Oxford, en reconocimiento de sus muy importantes  aportaciones a la ciencia y a la medicina. (8, 10)

Mientras estuvo en Oxford, Obrador se alojó en casa de sus suegros, con su mujer, y cerca de donde vivía el matrimonio Ochoa, con quienes trabaron muy buena amistad, que siempre conservaron (8). Severo Ochoa había vivido varios años en la Residencia de Estudiantes, donde trabajó en el Laboratorio de Fisiología de Juan Negrín (17), y desde el otoño de 1935 dirigió la sección de fisiología del primer Instituto de Investigaciones Médicas de Jiménez Díaz, que pocos días antes del comienzo de la guerra civil había sido trasladado a la nueva Facultad de Medicina en la Ciudad Universitaria (9). Ochoa salió de España en septiembre de 1936 para proseguir su labor científica, y desde 1937 trabajaba en la Universidad de Oxford  (17).

En 1940 Ochoa y Obrador decidieron irse a América dada la militarización de los hospitales y laboratorios ingleses con motivo de la segunda guerra mundial. Ambos matrimonios, Carmen Covián-Severo Ochoa y Margarita Blanchar-Sixto Obrador, hicieron juntos la travesía desde Liverpool a Veracruz, con escalas en Nueva York y La Habana, e incluso vivieron varios meses en la misma pensión cuando llegaron a Ciudad de México, hasta que Ochoa  se fue a los Estados Unidos de América. (8, 17)

Obrador permaneció cinco años en México, donde consolidó su formación como neurocirujano. Al poco de llegar, se integró muy bien con los médicos y científicos españoles allí transterrados, a muchos de los cuales ya conocía de su época de estudiante en la Universidad Complutense, de la Casa de Salud de Valdecilla, de la Residencia de Estudiantes, del Instituto Cajal y como becario de la JAE. Con su ayuda,  Obrador llevó a cabo en México una intensa actividad neuroquirúrgica y científica, con la que contribuyó notablemente al desarrollo de la neurocirugía y de la ciencia biomédica mejicanas. Cabe destacar, en este sentido, su valiosa participación en el Laboratorio de Estudios Médicos y Biológicos, fundado por Dionisio Nieto Gómez, Gonzalo Rodríguez Lafora, Ignacio González Guzmán e Isaac Costero Tudanca. Este laboratorio nació al amparo de La Casa de España en México (luego El Colegio de México), y con el patrocinio de la Fundación Rockefeller. La Casa fue creada en 1938 por el gobierno mejicano, que presidía Lázaro Cárdenas, para favorecer la inserción y promoción de los cerebros españoles refugiados en aquel país hermano. Años después el Laboratorio de Estudios Médicos y Biológicos sería transformado en el Instituto de Investigaciones Biomédicas de la Universidad Nacional Autónoma. (8, 18)

Durante su estancia en México, Obrador publicó más de 60 trabajos, 31 de ellos de carácter experimental, como sus ya clásicas observaciones sobre el edema cerebral, que realizó junto a Jaime Pí y Suñer Bayo en el Laboratorio de Estudios Médicos y Biológicos. Además, siempre que pudo aprovechó para viajar a Estados Unidos y ampliar su formación, bien asistiendo durante estancias de varias semanas a las clínicas de destacados neurocirujanos, entre otras a las de Walter E. Dandy, Percival Bailey  y Paul Bucy, o asistiendo a cursos para posgraduados, como el que organizó Walter B. Cannon, premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1932 por sus trabajos sobre la homeostasis. (8)

Obrador volvió a España en 1946, cuando la coyuntura le fue propicia y atendiendo a la llamada de Jiménez Díaz, que le ofreció trabajar en su Instituto. A su regreso inició un fructífero ejercicio neuroquirúrgico que mantuvo hasta el final de su vida, creando la principal escuela de neurocirugía española, y siempre fiel a su gran pasión: que España tuviera un nivel intelectual y científico equiparable al de los países más desarrollados (8).


Antonio R. Fernández de Molina (19).

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Bibliografía.-

1. Expedientes de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. Madrid, 1907-1936. (Consulta en la Residencia de Estudiantes).

2. Cabrera Calvo-Sotelo. M.: Presentación. En Puig-Samper  Mulero, M. A. (editor científico). Tiempos de investigación. JAE-CSIC, cien años de ciencia en España. Madrid, 2007.

3. Moreno González, A.: Santiago Ramón y Cajal: el tesón patriótico. En Pacheco, D., Díez Torre, A. R. y  Sanz, A. (editores): Ateneístas ilustres. Madrid, 2004.

4. Abellán, J. L.: El Ateneo de Madrid. Historia, Política, Cultura, Teosofía. Madrid, 2006.

5. García–Velasco, J.: La Junta para  Ampliación de Estudios, la Institución Libre de Enseñanza y la modernización de la cultura española. Boletín de la Institución Libre de Enseñanza; IIª Época, 63-64: 13. Madrid, 2006.

6. Martínez Alonso, C.: Presentación. En Puig-Samper  Mulero, M. A. (editor científico). Tiempos de investigación. JAE-CSIC, cien años de ciencia en España. Madrid, 2007.

7. Ortuño Mirete, J.: Notas contra la amnesia en su primer cuarto de siglo. Historia del HRyC. En Hospital Ramón y Cajal: XXV Aniversario. Madrid, 2003.

8. Gutiérrez  Gómez, D. e Izquierdo Rojo, J. M.: El doctor Obrador en la medicina de su tiempo. Oviedo, 1999.

9. Jiménez Díaz, C.: La historia de mi instituto. Madrid, 1965.

10. López Piñeiro, J. M. (Editor): Pío del Río Ortega. Madrid, 1990.

11. González Santander, R.: La Escuela Histológica Española. VI. El Instituto Cajal (1920-1935). Madrid, 2003.

12. Obrador, S.: Presentación. En Rodríguez, E. L. Así era Cajal. Madrid, 1977.

13. Junta para  Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas: Actas. VII, 57. Madrid, 1932. (Consulta en la Residencia de Estudiantes).

14. Ramón y Cajal, S.: Recuerdos de mi vida. Historia de mi labor científica. Madrid, 1917.

15. Otero Carvajal, L. E.: La destrucción de la ciencia en España. En Otero Carvajal, L. E. (dir.), Núñez Díaz-Balart, M., Gómez Bravo, G., López Sánchez, J. M., y Simón Arce, R. La destrucción de la ciencia en España. Depuración universitaria en el franquismo. Madrid, 2006.

16. Otero Carvajal, L. E.: La depuración de la Universidad de Madrid. En Otero Carvajal, L. E. (dir.), Núñez Díaz-Balart, M., Gómez Bravo, G., López Sánchez, J. M., y Simón Arce, R. La destrucción de la ciencia en España. Depuración universitaria en el franquismo. Madrid, 2006.

17. Ochoa, S. Escritos. Madrid, 1999.

18.  López Sánchez, J. M.: El exilio científico republicano en México: la respuesta a la depuración. En Otero Carvajal, L. E. (dir.), Núñez Díaz-Balart, M., Gómez Bravo, G., López Sánchez, J. M., y Simón Arce, R. La destrucción de la ciencia en España. Depuración universitaria en el franquismo. Madrid, 2006.

19. Antonio R. Fernández de Molina, Obrador y la Junta para la Ampliación de Estudios, desde el Hospital Universitario Ramón y Cajal. En: Antonio R. Fernández de Molina (coord.), Ponencias de médicos del Hospital Universitario Ramón y Cajal en el Ateneo de Madrid en homenaje a Cajal. Madrid: Fundación para la Investigación Biomédica del Hospital Universitario Ramón y Cajal; 2008.